Ideas En 5 Minutos
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Cómo funcionan los sentidos del ser humano

El ser humano recibe información sobre el mundo no solo a través de lo que puede oír y ver. Al proceso también contribuyen sentidos como el gusto, el olfato, las reacciones al frío y al calor, las sensaciones del tacto y mucho más. Como resultado, nuestro cerebro convierte estas señales en una imagen del mundo que nos rodea.

En Ideas en 5 minutos explicaremos en términos simples cómo funcionan los sentidos y cómo pueden sorprenderte.

Qué son los órganos de los sentidos

El cuerpo humano recibe información sobre el mundo a través de los órganos de los sentidos. Estos son, en primer lugar, los ojos, los oídos, la nariz, la lengua y la piel. Están conectados con el sistema nervioso humano, que procesa los datos obtenidos.

¿Cómo estos órganos son capaces de recopilar información? Para ello, utilizan células y tejidos especiales que aseguran que los estímulos del entorno externo o interno se conviertan en señales. Estas luego se envían por el sistema nervioso al cerebro, que las reconoce como, por ejemplo, una imagen, un sonido, un olor, un sabor o un tacto. Cada órgano tiene sus propias características de funcionamiento.

Los ojos convierten la luz en una imagen que luego el cerebro reconoce

La luz reflejada por un objeto entra en el ojo. Allí, los rayos de luz son refractados por la córnea, la parte transparente convexa del globo ocular. Luego, los rayos pasan a través de la pupila, que puede contraerse y expandirse para regular la cantidad de luz transmitida.

Luego, la luz incide sobre el cristalino, que la refracta aún más para enfocar los rayos sobre la retina. Esta contiene células fotorreceptoras sensibles a la luz, bastones y conos, que convierten la luz en un impulso eléctrico. A través del nervio óptico, este impulso se envía a la parte del cerebro llamada corteza visual. Esta es responsable por la transformación del impulso en la imagen que eventualmente vemos.

Por cierto, la imagen en la retina se refleja dada vuelta y el cerebro la devuelve a su posición original. Si te pones unas gafas especiales que invierten la imagen, en unos días tu cerebro volverá a invertirla para que puedas ver de forma habitual. Después de quitártelas, este órgano necesitará alrededor de un día para devolver la imagen a su posición original.

Nuestro ojo ve radiaciones en el rango de ~400 a 750 nanómetros, gracias a lo cual distinguimos los colores del violeta al rojo. En general, reconocemos millones de matices, algunos más, otros menos.

Pero no vemos todo lo que nos rodea. Las posibilidades del ojo son limitadas. Si consideramos toda la radiación electromagnética, nuestro ojo percibe un rango bastante estrecho. Mira la imagen de arriba: muestra lo que está fuera de nuestra visión:

  1. Ondas de radio
  2. Microondas
  3. Radiación infrarroja
  4. Rayos ultravioleta
  5. Rayos X
  6. Rayos gamma

Por cierto, los perros y los gatos parecen poder ver en el espectro ultravioleta. El ser humano, a su vez, lo siente: la piel reacciona a la luz ultravioleta, lo que resulta en un bronceado. Tampoco distinguimos la radiación infrarroja, pero sentimos su calor.

Con la ayuda de huesecillos y fluidos del oído, las ondas sonoras se convierten en señales de sonido

Los sonidos que escuchamos llegan a nuestros oídos en forma de ondas sonoras. El pabellón auditivo las atrapa y las envía por el canal auditivo al tímpano. La onda de sonido choca con este, creando vibraciones que se transmiten a los huesecillos auditivos. Estos amplifican las vibraciones y las dirigen hacia el oído interno, donde se encuentran el canal espiral óseo (cóclea) y los canales semicirculares llenos de líquido. Las vibraciones creadas por los huesecillos son captadas por células especiales gracias a los pelos. Luego se activan los receptores nerviosos, que envían señales a través de un nervio especial al cerebro para que las interprete como correspondientes sonidos.

El oído del ser humano común puede percibir el sonido en un rango de frecuencia limitado, de 20 Hz a 20 kHz.

  • El sonido por debajo de este rango se llama infrasonido, como el que los elefantes utilizan para comunicarse entre sí.
  • El sonido por encima de este rango se llama ultrasonido. Los murciélagos, por ejemplo, pueden percibirlo y emitirlo para orientarse.

No oímos de qué “hablan” los elefantes o los murciélagos, pero podemos registrar sus sonidos gracias a dispositivos. Además, la sensibilidad de los oídos varía de persona a persona. Puedes verificar en qué rango percibe tu oído viendo este video.

No existe el mapa de la lengua: las papilas gustativas funcionan de la misma manera en todas partes

La lengua también recopila información sobre el mundo para el cerebro. En su superficie se encuentran pequeñas papilas. Cuando comemos o bebemos algo, las sustancias químicas de los alimentos y bebidas entran en ellas. Allí se encuentran los bulbos gustativos con receptores gustativos. Los químicos estimulan las células dentro de estos receptores, haciendo que las señales viajen a lo largo de los nervios hasta el cerebro, que los reconoce como un sabor particular.

Por cierto, solía existir la creencia popular de que diferentes partes de la lengua eran sensibles a uno u otro sabor. Por ejemplo, lo dulce y salado se sentía en la punta, y lo amargo solo en la parte media. Sin embargo, cualquier zona de la lengua capta cualquier sabor por igual. Lo que realmente afecta al sentido del gusto es la nariz. Trata de tapártela, y el sabor de cualquier alimento será menos claro e intenso.

Los químicos en el aire conducen a señales que el cerebro reconoce como olores

La capacidad de sentir olores se llama sentido del olfato. Olemos los aromas gracias a unos receptores especiales situados en los cilios del epitelio, los cuales parecen pelos ubicados en la parte superior de la cavidad nasal.

Cuando olemos algo o simplemente lo inhalamos por la nariz, algunas sustancias en el aire se unen a estos receptores. Este proceso desencadena señales que viajan a lo largo de los nervios hasta los bulbos olfatorios. Estos distinguen diferentes olores; pueden aumentar la sensibilidad al olor o, por el contrario, disminuirla para filtrar los de fondo. Desde los bulbos, las señales viajan a lo largo de los nervios hasta el cerebro, que los reconoce como un olor en particular.

Por cierto, si el ojo distingue millones de tonos de colores, la nariz, en cambio, puede detectar un billón de olores.

Los receptores especiales ubicados en la piel reconocen diferentes sensaciones y las transmiten como señales al cerebro

La piel está formada por tres capas de tejido: la capa externa (o epidermis), la dermis y la hipodermis. Los receptores especiales de la piel ubicados en estos tejidos reconocen las sensaciones y transmiten señales a lo largo de los nervios al cerebro. Dependiendo de la ubicación y presencia de uno u otro tipo de receptor, las diferentes partes del cuerpo tienen distintos niveles de sensibilidad. Gracias a estos receptores, la piel humana no solo percibe el tacto, sino que también distingue entre vibración, dolor, picazón y cosquillas.

Por cierto, no solo la piel, sino también el vello que crece en esta, son receptores sensoriales. Responden al tacto gracias a las fibras nerviosas que se encuentran en el folículo piloso.

Resulta que gran parte de lo que sucede a nuestro alrededor no lo vemos, no lo escuchamos y ni siquiera lo notamos

Si nos basáramos únicamente en los sentidos, entonces nuestra percepción del mundo sería limitada. Y ni siquiera nos daríamos cuenta de lo mucho que sucede a nuestro alrededor.

Pero el desarrollo de la ciencia y la tecnología nos ha ayudado a corregir esta injusticia. En primer lugar, esto se ve facilitado por la creación de dispositivos que nos permiten ampliar las posibilidades de observar el mundo. Por ejemplo, gracias a los microscopios podemos ver objetos pequeños que son invisibles a simple vista. Las gafas de visión nocturna también le dan a una persona la capacidad de detectar cosas que emiten radiación infrarroja, incluso si el entorno está completamente oscuro.

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